El pájaro infiel, el papamoscas

SpottedFlycatcheronfence

Fascinante la conducta reproductiva del papamoscas, se parece a algunos humanos!

 

Ejemplo intensivamente estudiado y bastante típico de esas tensiones internas en la coparentela es el de una de las especies de aves europeas conocida como papamoscas cerrojillo. La mayoría de los machos de papamoscas son oficialmente monógamos, pero muchos tratan de ser poligínicos y bastantes tienen éxito. Una vez más, es instructivo dedicar unas cuantas páginas de este libro sobre sexualidad humana a otro ejemplo que se refiere a aves, porque (como veremos) el comportamiento de algunas de ellas es sorprendentemente similar al de los humanos (pero no despierta la misma indignación moral en nosotros).
La poliginia entre los papamoscas funciona del siguiente modo. En primavera, un macho encuentra un buen agujero para el nido, mantiene vigilado su territorio alrededor de él, corteja a una hembra y copula con ella. Cuando esta hembra (a la que llamaremos hembra primaria) pone su primer huevo, el macho se siente seguro de que él la ha fertilizado, de que ella estará ocupada incubando sus huevos y de que no estará
interesada en otros machos puesto que de todas formas es temporalmente estéril. Así que el macho encuentra cerca otro agujero, corteja a otra hembra (denominada hembra secundaria) y copula con ella.
Cuando esta hembra secundaria comienza a poner, el macho se siente seguro de que también ha sido fertilizada por él. Por la misma época, los huevos de su hembra primaria están comenzando a eclosionar. El macho vuelve con ella, dedica la mayor parte de su energía a alimentar a sus polluelos y dedica menos o ninguna energía a alimentar a los polluelos de la hembra secundaria. Las cifras cuentan una cruel historia: el macho hace una media de catorce entregas de alimento por hora al nido de la hembra primaria, pero sólo de siete entregas por hora al nido de la hembra secundaria. Si hay suficientes agujeros para nidos disponibles, la mayoría de los machos emparejados intentan adquirir una hembra secundaria, y más del 39 por 100 lo consiguen.
Obviamente, este sistema produce tanto ganadores como perdedores. Puesto que los números de hembras y machos de papamoscas son aproximadamente iguales, y puesto que cada hembra tiene una pareja, por cada macho bígamo debe haber un desafortunado macho sin pareja. Los grandes ganadores son los machos poligínicos, que son padres de una media de 8,1 polluelos anuales (sumando la contribución de ambos emparejamientos), comparados con los sólo 5,5 polluelos de los que son padres los machos monógamos. Los machos poligínicos tienden a ser mayores y más grandes que los machos no emparejados, y vigilan con éxito los mejores territorios y los mejores agujeros para nido en los mejores hábitats. En consecuencia, sus polluelos terminan siendo hasta un 10 por 100 más pesados que los polluelos de otros machos teniendo estos grandes pollos mayores posibilidades de sobrevivir que los más pequeños.
Los auténticos perdedores son los desafortunados machos no emparejados, que no han conseguido ninguna pareja y no son padres de absolutamente ninguna prole (por lo menos en teoría; diremos más sobre esto después). Los otros perdedores son las hembras secundarias, que tienen que trabajar mucho más duro que las hembras primarias para alimentar a sus crías: terminan efectuando veinte entregas de alimento por hora al nido, comparadas con sólo trece de la otra. Puesto que las hembras secundarias se agotan de esta manera, pueden morir antes. A pesar de sus hercúleos esfuerzos, una laboriosa hembra secundaria no puede aportar tanta comida al nido como una relajada hembra primaria y un macho trabajando juntos; luego, muchos polluelos mueren por desnutrición y las hembras secundarias terminan con menos prole superviviente que las hembras primarias (3,4 contra 5,4 polluelos de media). Además, las crías supervivientes de las hembras secundarias son más pequeñas que las de las hembras primarias, y por lo tanto es menos probable que sobrevivan a los rigores del invierno y a las migraciones.
Dadas estas crueles estadísticas, ¿por qué debería ninguna hembra aceptar el destino de ser «la otra»? Los biólogos solían especular con que las hembras secundarias eligen su destino, razonando que ser la relegada segunda esposa de un buen macho es mejor que ser la única esposa de un macho desastroso con un territorio pobre (es sabido que los hombres ricos casados representan una oportunidad similar para sus amantes potenciales). Más tarde resultó que las hembras secundarias no aceptan su destino a sabiendas sino que son conducidas a él mediante artimañas.
La clave de este engaño es el cuidado que se toma el macho poligínico de situar su segundo hogar a un par de cientos de metros del primero, con muchos territorios de otros machos interpuestos. Es llamativo que los machos poligínicos no cortejen a su segunda esposa en ninguno de los agujeros potenciales cercanos al primer nido, incluso cuando así reducirían su tiempo de recorrido diario entre ellos, tendrían más tiempo disponible para alimentar a sus polluelos y reducirían a la vez su riesgo de acabar siendo traicionados mientras están en camino. La conclusión que parece inevitable es que los machos poligínicos aceptan la desventaja de un lejano segundo hogar para poder engañar a la compañera secundaria potencial y ocultarle la existencia del primer hogar.
Las exigencias de la vida convierten a una hembra de papamoscas cerrojillo en especialmente vulnerable al engaño. Si descubre después de la puesta que su pareja es poligínica, es demasiado tarde para hacer algo al respecto. Es mejor para ella quedarse con esos huevos que abandonarlos, buscar un nuevo compañero entre los machos entonces disponibles (en cualquier caso, la mayoría son potenciales bígamos) y esperar que la nueva pareja demuestre ser algo mejor que la anterior.
La estrategia que le queda al macho de papamoscas cerrojillo ha sido investida por los biólogos masculinos con el término (de reminiscencias moralmente neutrales) «estrategia reproductiva mixta» (abreviada MRS). Esto significa que los machos emparejados de esta especie no sólo tienen una pareja: acechan además intentando inseminar a las parejas de otros machos. Si encuentran una hembra cuya pareja está
temporalmente ausente, intentan copular con ella y con frecuencia lo consiguen. Se acercan a ella cantando fuertemente, o bien se deslizan a su encuentro silenciosamente; el segundo método tiene éxito con mayor frecuencia.
La escala de esta actividad deja estupefacta a nuestra imaginación humana. En el primer acto de la ópera de Mozart Don Giovanni, el sirviente de Don Juan, Leporello, se jacta ante Doña Elvira de que aquél ha seducido únicamente en España a l.003 mujeres. Esto suena impresionante hasta que te das cuenta de cuán longevos somos los humanos. Si las conquistas de Don Juan tuvieron lugar durante treinta años, sedujo tan sólo a una mujer española cada once días. Por el contrario, si un macho de papamoscas deja temporalmente a su pareja (por ejemplo, para encontrar alimento), como media otro macho se interna en su territorio en diez minutos y copula con su compañera en treinta y cuatro minutos. El 29 por 100 de todas las cópulas observadas probaron ser EPC  (cópulas extramaritales), y se estima que un 24 por 100 de todas las anidaciones son «ilegítimas». Está probado que el intruso-seductor es habitualmente el vecino de la puerta de al lado (un macho de un territorio contiguo).
El mayor perdedor es el macho traicionado, para el que las EPC y la MRS constituyen un desastre evolutivo. Despilfarra una temporada de cría completa de su corta vida alimentando polluelos que no transmitirán sus genes. Aunque el macho que perpetra una EPC pueda parecer aparentemente el gran ganador, una pequeña reflexión deja en claro que cerrar así la hoja de balances del macho es engañoso. Mientras tú estás por ahí haciendo el tenorio, otros machos tienen la oportunidad de hacer lo propio con tu compañera. Los intentos de EPC raramente tienen éxito si una hembra está dentro de una distancia de nueve metros de su pareja, pero las posibilidades de éxito aumentan vertiginosamente si su pareja está a más de nueve metros. Esto hace a la MRS
especialmente arriesgada para los machos poligínicos, que emplean mucho tiempo en su otro territorio o en el trayecto entre ambos. Los machos poligínicos intentan lograr también una EPC, y como media efectúan un intento cada veinticinco minutos, pero una vez cada once minutos algún otro macho está deslizándose en el interior de su territorio para probar suerte con una EPC. En la mitad de todos los intentos, el macho cornudo de papamoscas está fuera en busca de otra hembra de papamoscas, en el preciso momento en el que su propia compañera está siendo sitiada.
Estas estadísticas llevarían aparentemente a considerar la MRS una estrategia de dudoso valor para los machos de papamoscas cerrojillo, pero éstos son suficientemente listos como para minimizar sus riesgos. Hasta que han fertilizado a su propia pareja, se quedan dentro de una distancia de dos o tres metros de ella y la guardan diligentemente. Sólo cuando ha sido inseminada se van por ahí a hacer el tenorio.

Fuente: ¿Por qué es divertido el sexo? – Jared Diamond

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